Llamado, vocación




Podemos ser protagonistas de la historia cuando tratamos de seguir el plan de Dios. El único plan verdaderamente grande es la Redención. Dentro de ese proyecto todos tenemos una partecita. “Te he llamado por tu nombre: ¡Tú eres mío!” (Is 43,1), nos dice el Señor a través del profeta Isaías. Esas palabras nos permiten percibir hasta qué punto somos amados por Dios de un modo personalísimo. La llamada divina es una gran misericordia de Dios, para nosotros y para los demás, y es un llamado a ser santos.
Podemos cuestionarnos: ¿Quién es Jesucristo para mí? Porque, en el fondo, debe ser el centro de nuestra vida. Pero antes es bueno que nos cuestionemos también: ¿Quién soy yo para Jesús? Tú tienes un valor, en cierto sentido, infinito, y cuentas para él como una persona irrepetible. Lo que han descubierto todos los santos es que le importamos mucho a Dios. Todo lo nuestro le importa y, se encarnó, para acompañarnos todos los días, a lo largo de nuestra vida, aunque muchas veces no lo notemos.
Hay que hacerle caso a nuestro corazón cuando se muestre insatisfecho, cuando no le baste una vida mundana, cuando no le basten las satisfacciones de la tierra. Descubrir que alguien nos ama despierta en nosotros un deseo enorme de conocerle. Tratar a Jesús nos llevará a querer amar como Él ama.
Encontrarse con Cristo es la experiencia decisiva para cualquier cristiano. El Papa Francisco nos invita a, al menos, tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso (cfr. Evangelii Gaudium, n. 3). La llamada consiste, pues, en primer lugar, en vivir con Él, de hacerlo todo con Dios, por Amor. Jesús eligió a los primeros, antes que nada, para que estuvieran con Él, sólo después, para enviarlos a predicar (Mc 3,14). Desde una auténtica amistad con Jesús, podemos llevar su Amor al mundo entero. Él quiere contar con nosotros… estando con nosotros.
La Vocación de Pedro
La vida de Simón Pedro es un continuo descubrimiento de la verdadera identidad de Jesús, y de la misión que le encomienda a él. Poco después de volver a Galilea, tras aquellos días con el Bautista, Jesús aparece junto a su barca y le pide que la meta en el agua para predicar desde ella. Al terminar de hablar Jesús le hace una nueva petición. “Guía mar adentro y echen sus redes para pescar” (Lc 5,4). Pedro obedece y ve sus redes repletas de peces. Pedro se arrojó a sus pies, diciendo: “Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador” (Lc 5,8). El Maestro le respondió: “No temas; desde ahora serán hombres los que pescarás” (Lc 5,10).
¿Quién es Simón? ¿Un pescador de Galilea? Todos sus antepasados lo habían sido. Él llevaba años trabajando en ese oficio, y pensaba que ése era él: un pescador que conocía perfectamente su trabajo. Pero Jesús arroja sobre su vida una luz insospechada. La cercanía con el Señor le ha llevado a darse cuenta de quién es él realmente: un pecador. Pero un pecador en quien Dios se ha fijado y con quien quiere contar. Ante esa llamada divina, Pedro y su hermano, dejadas todas las cosas, le siguieron.
El proyecto de Dios para nosotros, su llamada a compartir nuestra existencia con Él, tiene tanta fuerza como la creación. Si el hombre es creado a través de una llamada personal, también cada llamada personal de Dios tiene en cierto modo un poder creador. Se trata de algo tan radical que significa para nosotros recibir un nuevo nombre.
Hay decisiones puntuales –como decir qué quiero comer-, y decisiones existenciales -como cuando se elige carrera, pareja o abraza una misión-. Desde luego eso va a condicionar sus futuras elecciones, pero ese paso no se ve como una renuncia sino como la apuesta por un amor o por un proyecto que va a llenar su vida. Abrazar esa tarea –que es, en realidad, abrazar a Jesús y seguirle- nos lleva a dejar todo lo demás. Porque nada puede liberarnos tanto como la verdad acerca de nosotros mismos: veritas liberabit vobis (Jn 8,32).
Al conocer al Señor, junto al río Jordán, el Señor no veía sólo a un hombre ya hecho. Veía en él a Pedro: la Piedra sobre la que iba a edificar su Iglesia. Al mirarnos a nosotros, ve todo el bien que vamos a hacer en nuestra vida; ve nuestros talentos y nuestra historia y nos ofrece que le ayudemos, desde nuestra pequeñez. La llamada del Señor saca lo mejor de cada uno, para ponerlo al servicio de los demás, para llevarlo a plenitud. Y Dios nos llama constantemente. En este instante sigue buscando y llamando a la puerta de cada uno.


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