¿Puedo amar más de lo que amo?




Un muchacho narra: Yo estaba luchando por salir de la adicción a la droga y poco a poco lo fui logrando con el aliento de un sacerdote católico. Un día, caminando por la calle vi a la mujer de mis sueños al doblar una esquina. Me interesé por ella y comenzó una amistad que terminó en noviazgo. A los pocos meses ella manifestó sus dudas y me cortó…, y se enganchó en un nuevo noviazgo y en un matrimonio. Me dolió bastante pero lo acepté. Al cabo de un año, ella regresó y dijo: “Me di cuenta de que, a quien realmente quiero es a ti. Dime si estás dispuesto a aceptarme”. Le pidió tiempo y fui a hablar con mi amigo sacerdote quien dijo:
- Dios no te pide que la dejes de querer sino que la quieras más.
- Dejar de quererla, no puedo, pero quererla más ¡sí que puedo!
El sacerdote comentó: Pregúntale a Dios qué significa querer más a una persona.
Me puse en la presencia de Dios y Él me hizo ver claramente que amarla más suponía querer el Cielo para ella. Eso suponía hacerla volver con su esposo, y así traté de hacerlo, pero no yo, porque me engancharía, sino a través de una amiga. Y la historia acabó bien pues ella volvió a reconciliarse con su marido. Yo me quedé con una gran paz y alegría, que no podría explicar con palabras humanas.
C.S. Lewis, escritor inglés, dice en su libro Los cuatro amores, que resulta imposible amar a un ser humano simplemente demasiado. El desorden proviene de la falta de proporción entre ese amor natural y el Amor de Dios. Es la pequeñez de nuestro Amor a Dios, no la magnitud de nuestro amor por el hombre, lo que lo constituye desordenado. Hasta aquí, Lewis. Es decir; si absolutizamos a un ser humano, éste se convierte en nuestro dios, en “ídolo” y nosotros en idólatras.
Lewis dice que los amores humanos son realmente como Dios, pero sólo por semejanza, no por aproximación. Si se confunden estos términos, podemos dar a nuestros amores la adhesión incondicional que le debemos solamente a Dios. Entonces se convierten en “dioses”, es decir: entonces se convierten en demonios. Entonces ellos nos destruirán, porque los amores naturales que llegan a convertirse en dioses no siguen siendo amores. Continúan llamándose así, pero de hecho pueden llegar a ser complicadas formas de odio.
“Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos”. San Agustín.
Hay que descubrir que Dios existe y tiene un plan, que yo me he apartado de ese plan. Otro descubrimiento vital es que mis fuerzas no son suficientes para volver al plan de Dios; pero Dios en su compasión me ha ofrecido la salvación en su bendito Hijo Jesucristo. Yo puedo aceptar ese regalo y abrir la puerta; la acogida de ese regalo es la respuesta de la fe, y allí sucede la justificación. Son cinco descubrimientos que debemos hacer. Estos cinco descubrimientos son el proceso de evangelización. Así somos justificados por la fe.
La felicidad para el hombre espiritual es: Todo el honor y la gloria son para Cristo. Derribo al “yo” del trono y la caída suena crrashshshsh. El trono queda vacío y se lo doy a Jesús. Soy feliz porque Cristo reina.



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