El próximo cónclave
El Papa Francisco ha sido un gran hombre, un
gran jesuita y un gran Papa. El Papa nació el 17 de diciembre de 1936. Es el
266º Papa de la Iglesia Católica. Fue elegido el 13 de marzo de 2013 en la
quinta votación efectuada en el segundo día del cónclave.
Es líder espiritual de la Iglesia Católica y
jefe de Estado del Vaticano. Desde el primer momento de su pontificado puso su
empeño en la reforma estructural y en el necesario proceso de conversión de la
curia y de todos los católicos, para así reformar la misión de servicio y de
acogida de la Iglesia, maestra de la humanidad para estos tiempos confusos y
oscuros.
Bajo el objetivo de priorizar la evangelización
del mundo neopagano, el Papa propone una visión pastoral de acogida sin
detrimento de la verdad y de promover el diálogo teológico.
El Sacro Colegio Cardenalicio fue formado en
año 1150, bajo el pontificado de Eugenio III, y quedó constituido por un
Cardenal Decano, que es cabeza del Colegio, y un Cardenal camerlengo para la
administración de los bienes, cuando no hay Papa. Este Colegio ya venía
configurándose desde el año 1059, cuando los cardenales se convirtieron en
electores exclusivos del Papa, desde el decreto de Nicolás II. Entre los siglos
XIII y XV, sólo tuvo 30 elementos. En el año 1999 ya sumaban 155 los
cardenales. El Congreso de Viena, celebrado en 1815, dio a los cardenales la
dignidad de Príncipes de la Iglesia, por su calidad de herederos en la elección
del Papa.
El mundo ha visto enormes cambios desde el “año
de los tres Papas”. En la Edad Media la sede vacante duró tres años, de 1268
a 1271. El proceso de selección del Romano Pontífice es conocido para
quienes han vivido los cónclaves pasados. La muerte del Papa es certificada por
el camerlengo, que en el momento
actual es el Cardenal Kevin Farrell, nombrado por el Papa el 14 de febrero de
2019. La tradición es que él llame al Papa tres veces por su nombre; el Papa no
responde, entonces el camerlengo
anuncia: “El Papa ha muerto”, y desde ese momento la sede apostólica está
oficialmente vacante. De inmediato las cabezas de la mayor parte de las
oficinas de la Curia Romana pierden su autoridad. Los Obispos permanecen
como cabezas de sus diócesis. Los cardinales que trabajan en los diferentes
dicasterios, cesan en su labor.
Los Cardenales que trabajan como prefectos en
las diversas Congregaciones o como presidentes de diversos Consejos, pierden su
mandato. En la práctica, la mayor parte del trabajo del Vaticano se para, y las
decisiones de peso se posponen hasta que haya un nuevo Papa. El único cardenal
que sigue en funciones y tiene un trabajo definido es el camerlengo. Él será el punto focal hasta que dé comienzo el
cónclave. Una vez que ha declarado que el Papa ha muerto, le piden que rompa el
anillo del Papa –el famoso anillo del Pescador-, en una ceremonia de larga
tradición que establece que se destruya, para evitar que algún impostor lo use
para sellar documentos oficiales. Anuncia la muerte del Papa al decano del colegio
de cardenales para que sea él quien dé la noticia al mundo y convoque a los
cardenales para un nuevo cónclave. Actualmente el decano es Giovanni Battista
Re, el Papa extendió su mandato precisamente en febrero de 2025.
Hay 252 cardenales, de los cuales pueden votar
138, de ellos, 110 los ha elegido el Papa Francisco. Estamos ante
el colegio de Cardenales electores más diverso de la historia y particularmente
joven, hay un cardenal de 45 años y otro de 50, por ejemplo.
Los cardenales se reúnen en la “Congregación
General”. Todos los cardenales electores se reúnen para participar en el
cónclave. Este cuerpo de Cardenales dirige a la Iglesia Católica durante el
tiempo de sede vacante.
La constitución apostólica Universi Dominici Gregis, emitida por Juan Pablo II el 22 de
febrero de 1996, estipula que el cónclave debe empezar 15 ó 20 días después del
deceso del Romano Pontífice, por lo cual el proceso de elección siempre
comenzará entre los días decimoquinto y vigésimo. El colegio cardenalicio sigue
siendo el medio que mejor garantiza el romanismo y la universalidad.
Eligen en secreto:
Los cardenales se encierran en la Capilla
Sixtina para empezar en cónclave. Para palabra “cónclave” significa bajo llave
o cerrojo (del latín: con clavis). La
primera orden de trabajo está dada por la tradición y la refuerza la
constitución apostólica Universi Dominici
Gregis
Cada Cardenal hace un juramento solemne de que
nunca divulgará los procesos del cónclave, a menos de que sea dispensado de ese
juramento por el Papa elegido. Las personas que ayudan a los cardenales
–cocinero, doctores y técnicos que apoyan a los cardenales en sus necesidades-
declaran bajo juramento “guardar un perpetuo y absoluto secreto” de lo que
puedan ver u oír; de allí que se sepa muy poco de lo que pasa dentro del
cónclave.
Sabemos que el cónclave da inicio con la
celebración de la Santa Misa en la basílica de San Pedro, concelebrada por
todos los cardenales. Después, entran en procesión a la Capilla Sixtina, donde
hacen el juramento citado de acatar las reglas de la elección papal, que pide
elegir en conciencia al mejor candidato para regir la Iglesia Católica. Los
cardenales se disponen a oír a un sacerdote, elegido previamente por la
congregación general por su sabiduría y altura moral, para que los exhorte a
llevar a cabo una buena elección, al cabo de la cual se cierran las puertas.
Las votaciones
A diferencia de anteriores legislaciones, en las que se contemplaba la
posibilidad de elegir a los Pontífices bajo las modalidades de aclamación,
compromiso o escrutinio, la “Universi Dominici Gregis” limita las posibilidades
a solo el escrutinio, con voto individual y secreto.
Cada cardenal escribe el nombre de un candidato
y lo pone en un gran cáliz. La votación es contada meticulosamente por un panel
de tres cardenales previamente elegidos. Si no se llegó a un acuerdo, las
papeletas se queman con un tinte oscuro para producir humo negro, así los que
esperan afuera saben que no han terminado su trabajo.
Según las reglas del cónclave, el primer día
hay una sola votación. En los días siguientes, hay dos votaciones por la mañana
y dos por la tarde, hasta que un candidato reciba los dos tercios de la
votación (mayoría cualificada). En Universi
Dominici Gregis Juan Pablo II decretó que, pasados tres días, si no se ha
llegado a un acuerdo, la votación debe ser interrumpida para dedicar una mañana
completa a la oración. Si continúan en punto muerto tres días más, habrá otra
pausa, y el proceso se volverá a repetir. Finalmente, si pasan doce días sin una
resolución, el cónclave podrá decidir por mayoría simple.
Este cambio en las reglas -que antes pedía las
dos terceras partes de los votos para hacer la mayoría requerida-, fue
decretado por Juan Pablo II para evitar el estancamiento. Pero actualmente, desde
el inicio del siglo XX, ninguna elección papal ha durado más de cinco días.
Paulo VI fue elegido al tercer día de cónclave; Juan Pablo I, al segundo; Juan
Pablo II, al tercero; Benedicto XVI fue elegido Papa en el segundo día del
cónclave y al cuarto escrutinio; el Papa Francisco fue elegido en el quinto
escrutinio.
Teóricamente, el cónclave puede elegir a uno
que no sea cardenal; en la práctica esto no ha pasado desde la elección de
Urbano VI en 1378.
El decano del Colegio de Cardenales
–actualmente sería Giovanni Battista Re-, pregunta al candidato elegido si
acepta el papado. Si contesta afirmativamente, el cónclave se da por terminado.
Aparece humo blanco arriba de la Capilla Sixtina: Fumata bianca indica que San Pedro tiene un nuevo sucesor.
En cuanto el nuevo candidato dice “acepto” se
levanta el cónclave. La Constitución Apostólica «Universi Dominici
Gregis» dice en el n. 60: “Ordeno además a los Cardenales electores, graviter onerata ipsorum conscientia,
que conserven el secreto sobre estas cosas incluso después de la elección del
nuevo Pontífice”, recordando que no es lícito violarlo de ningún modo, a no ser
que el mismo Pontífice haya dado una especial y explícita facultad al respecto.
La tradición de cambiar de nombre parte de Juan
II, que fue Papa de 533 a 535, y quien antes se llamaba Mercurio. Así pues, el
Cardenal decano, después de haber obtenido el consentimiento del neoelecto,
pregunta: “¿Cómo desea ser llamado?” (Quomodo
vis vocari?). El nuevo Papa dice el nombre que adopta.
El nuevo Papa aparece en el balcón central de
la basílica de San Pedro para impartir la bendición Urbi et Orbi, a la ciudad y al mundo. El protocolo señala que sólo
debe pronunciarse la bendición, no hay discurso.
En años más recientes, se ha pedido aislamiento
y secreto de oficio para evitar presiones del exterior. Como sus deliberaciones
son secretas, no pueden ser premiados o castigados por agentes externos, pueden
votar conforme a lo que su conciencia les dicte. Está prohibido que pongan
condiciones a su voto y, si lo hacen, ese voto es nulo. Las nuevas reglas
prohíben que algún cardenal actúe como agente de un gobierno civil, y,
explícitamente, rechazan el clamor de ciertos gobiernos de ejercer el derecho a
vetar a algún candidato, clamor que fue invocado por un emperador austriaco en
1903.
Una vez que entran en la Capilla Sixtina —donde
todo contribuye a alimentar la conciencia de la presencia de Dios—, sólo pueden
consultar con otro cardenal. No reciben correo, periódico, material escrito ni
aparatos electrónicos.
Nuevas circunstancias: El reto más
grande del nuevo cónclave será el de lograr la unidad, habrá muchas presiones
aun cuando estén aislados, pues el nuevo Papa enfrentará la edad más turbulenta
de la historia de la Iglesia.
Seguramente habrá desconcierto, se harán muchas
presiones y conjeturas, no será fácil la elección del nuevo candidato. Será un
cónclave especial y único en la historia, y nos veremos sorprendidos por la
decisión del Espíritu Santo. Si queremos una línea segura de conducta ante el
posible “terremoto”, podemos apegarnos al contenido del Catecismo de la Iglesia
Católica que Juan Pablo II nos legó y podemos luchar para aumentar la devoción
a la Eucaristía y a la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia.
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